viernes, 26 de abril de 2013

LAS MONSTRUAS. Carreño de Miranda.1680. Museo del Prado.






El nombre de la protagonista del lienzo es Eugenia Martínez Vallejo, más conocida como la niña monstrua de Carlos II, último rey de la Casa de Austria en España. Tenemos noticia de algunos datos biográficos de ella. Hija de José Martínez Vallejo y de Antonia de la Bodega nació en la villa de Bárcena, provincia de Burgos, durante la celebración de la misa. Los lugareños, dados a los presagios y augurios y acostumbrados a interpretar cualquier signo como un vaticinio, consideraron aquella coincidencia una señal inequívoca de que la recién nacida iba a ser afortunada. Aunque sus padres y hermanos eran de moderada estatura, y de facciones correctas, la gente decía que la niña parecía tener doce años cuando apenas había cumplido uno. Con esa edad pesaba más de dos arrobas, (unos 25 kilos) que se convertirían en cinco (unos 65 kilos) en 1680, cuando Eugenia contaba seis años y fue llevaba a Madrid por sus padres, para ser presentada en la corte de Carlos II el Hechizado. Al rey le debió causar tal impresión que ese mismo año hizo el encargo del retrato.
El autor de las Monstruas nació en Avilés, en 1614, hijo de un hidalgo asturiano muy celoso de su condición, pero de modestos recursos, que se dedicaba a mercadear con pinturas. La niñez de Carreño transcurre en un hogar feliz, donde recibe una educación acorde con la mentalidad de la época, que primaba las sanas costumbres e inculcaba una moral cristiana. Con once años, en 1625, llegó a Madrid con su padre y comienza su formación artística: primero, el aprendizaje de la técnica del dibujo que lo realiza, con buen aprovechamiento, en el taller de Pedro de las Cuevas (1644); más adelante, la del color, con Bartolomé Román (1587-1647); y termina como ayudante de Rizzi colaborando en los frescos que éste realizaba en el Alcázar de Madrid y en el ochavo relicario de la catedral de Toledo.
La monstrua vestida y la monstrua desnuda, fechados en 1680, año en que sus padres la llevan a la Corte, cuando tenía seis años, como ya indicamos.
Se sabe que la versión en la que aparece la niña vestida fue un encargo del propio Carlos, continuando así la tradición de los Austrias españoles de dejar constancia de los fenómenos de la época, en la línea de La mujer barbuda pintada por Ribera en 1630. El pintor, siguiendo el modelo de retrato de cuerpo entero introducido en España en la segunda mitad del siglo XVI por Antonio Moro (1520-1578) y Tiziano (1477-1576), la sitúa en una estancia pequeña en la que su voluminoso cuerpo ocupa todo el espacio. Está elegantemente ataviada con un vestido brocado en rojo y plata, pues sabemos por el autor de la citada Relación que Carlos II la hizo “vestir decentemente al uso de palacio”. Contraria a la reflejada en la versión desnuda, la posición de los brazos, el izquierdo caído a lo largo del cuerpo y el derecho, flexionado, crea una diagonal, en cuyos extremos surgen unas manos regordetas con frutas, en vez de los complementos de este tipo de retratos: el frágil abanico o el delicado pañuelo. En la izquierda no se aprecia claramente pero en la derecha podemos identificar una manzana, símbolo por excelencia de la tentación, enfatizando, además, la redondez física de la protagonista. En la esférica cara, los hinchados mofletes achinan los ojos que miran al espectador de forma poco confiada. Los lazos rojos que adornan su tirante cabello negro, contribuyen a delimitar la cabeza sobre el fondo neutro. El predominio de la gama cálida es evidente en toda la composición, pero el foco de atención se dirige al rostro, al triángulo imaginario que surge del mohín de los labios y se extiende hasta los lazos a ambos lados de la sien. Quizá Carreño de Miranda al acometer este encargo se inspiró en el Retrato de una niña (1630, Museo de Prado) de Velázquez.
La monstrua desnuda, sin embargo, plantea muchas incógnitas y suposiciones. La primera, la temática, algo impensable en la España barroca de la Contrarreforma. Desconocemos, asimismo, como se realizó el encargo. Pero si se ha hablado de esta representación y de su pareja, como los antecedentes de las “majas” de Goya. El pintor de cámara salvó el difícil compromiso de abordar un desnudo recurriendo a un modelo mitológico y representando el cuerpo de Eugenia como el de un pequeño Baco, lo que era también un reto, puesto que entre los pintores españoles, exceptuando a Velázquez, la mitología, por razones religiosas, no tenía cabida en sus composiciones.
El cuerpo, aparentemente menos voluminoso que en la versión vestida, destaca sobre un fondo neutro, quedando iluminado por el foco de luz que entra por la izquierda. Reclina su lado derecho en una especie de pedestal, que hace las veces de mesa, sobre el que apoya, un tanto forzadamente el brazo derecho; en contraste con él, el izquierdo, estirado, se acopla al tronco, semejando formar una sola pieza, y contribuyendo a aumentar la sensación de volumen. La visión de las líneas rectas, angulosas y oscuras del pedestal junto con las formas curvas, redondeadas y nacaradas del cuerpo resaltan la gordura de la niña. El considerable racimo de uvas que sostiene en su mano ha conservado una desnuda rama en cuyo extremo hay unos pámpanos y hojas, cuya cuidada disposición le permiten al pintor ocultar el sexo de la persona retratada. El rostro de esta versión, en el que encontramos pocas semejanzas, nos resulta más agraciado que en la que aparece vestida, quizá porque la mirada recelosa y desconfiada, no es tan penetrante y no se dirige al espectador. Una corona de frutos de la vid adorna su cabeza como corresponde al personaje mitológico al que está dando vida. Completan la composición las frutas sobre el pedestal, a modo de naturaleza muerta, aludiendo a los placeres de la vida, pero también a lo que de pasajero tiene ésta.
Quizá sea interesante conocer el devenir de estas dos pinturas hasta la actualidad: permanecieron en el Alcázar, quedando registradas en los inventarios de 1688 y 1694; pasaron, después a una galería de palacio, donde aparecen anotadas en el inventario correspondiente a 1701; siguieron juntas en las colecciones reales hasta 1827, incorporándose “la vestida” al Museo del Prado, prácticamente recién inaugurado en1819, mientras que “la desnuda” fue regalada por Fernando VII a su pintor de cámara, Juan Gálvez (1774-1846), según cuenta el historiógrafo Pedro Madrazo. Gálvez debió de vender la pintura al infante Sebastián Gabriel (1811-1875), quien la tenía en 1843. A su muerte la heredó su primogénito el duque de Marchena. Posteriormente fue adquirida, en fecha indeterminada, por don José González de la Peña, barón de Forna, quien en 1993 la donó al Museo del Prado, propiciando de esta manera la unión de la pareja de retratos y su contemplación simultánea.
¿Qué suscitó la atención y la curiosidad de Carlos II cuando en 1680 vio a Eugenia y decidió encargar su retrato? No cabe duda, su desmesurado tamaño para la edad que tenía, lo que la convertía en una monstrua. ¿A qué se debía ese volumen? la descripción citada del siglo XVII, lo achacaba a exagerada corpulencia. Ya, en el siglo XX, don Gregorio Marañón 1945, como es lógico, precisaba bastante más, señalando que esta niña era el primer caso conocido de síndrome de Cushing, en el que una excesiva secreción de hormonas suprarrenales da lugar a una obesidad mórbida; y su cara de luna llena es típica de este síndrome.
Investigaciones posteriores de los doctores, M.A. Rubio Herrera y C. Rubio Moreno, entre otros señalan una obesidad infantil debida a una enfermedad conocida como síndrome de Prader-Willi (SPW) o alteración genética poco corriente. Esta patología fue descrita en 1956 por los doctores suizos Andrea Prader, Alexis Labhart y Heinrich Willi, tras estudiar a nueve pacientes que coincidían en el siguiente cuadro clínico: obesidad, talla baja, hipogonadismo (carencia de órganos sexuales), criptorquidia (testículos inapreciables), manos y pies pequeños (acromicria) y alteraciones en el aprendizaje, tras una etapa de hipotonía mus- cular prenatal y postnatal, dando la impresión de una lesión cerebral severa.
En los enfermos diagnosticados con el síndrome de Prader-Willi la obesidad se inicia entre los 6 meses y los 6 años. La hipotonía es severa en la época neonatal y conlleva infecciones respiratorias y problemas de alimentación. Existe un fenotipo conductual muy característico: mientras que en los primeros años de vida son niños alegres y bonachones; en la segunda infancia empiezan los problemas de comportamiento, acompañados de obstinación y continuos accesos de cólera, (a los que ya hemos hecho referencia al hablar de la situación de Eugenia en la Corte), y tópicos de lenguaje repetidos a menudo. La incidencia y frecuencia publicada es muy variable, aceptándose que 1 de cada 15.000 niños nace con esta compleja alteración genética. La mayoría de los casos se presenta de una manera esporádica, y el origen es la pérdida o inactivación de genes paternos en la región 15q11-q13 del cromosoma 15.
Hay, por lo menos, tres errores diferentes a nivel cromosómico, que pueden hacer que estos genes no trabajen adecuadamente, dando lugar a las características del síndrome. Los dos más comunes son la delección en el cromosoma 15 paterno y la disomía uniparental materna. El tercero es debido a la mutación del impringting3, que se produce en muy pocos casos, pero la posibilidad. La expectativa de vida es aproximadamente de 35 años, aunque puede reducirse debido a las complicaciones de la obesidad. Para evitarlo se necesita una dieta estricta, con una disminución de la ingesta de calorías, que llega a ser dramática, y un programa de ejercicio muy controlado. Pueden ser niños difíciles y para conseguir un cierto éxito es imprescindible una buena colaboración entre la familia y los facultativos que atienden al paciente.
Con toda seguridad el pintor de cámara desconocía la patología de su retratada. Cumplió, sobradamente el encargo recibido, y legó a la ciencia médica un testimonio magnífico que permite seguir avanzando en la evolución de las enfermedades, al tiempo que nos recreamos con obras de nuestro Siglo de Oro. Juan Carreño de Miranda fallecía el 3 de octubre de 1985. Tuvo tiempo de dictar testamento y fue sepultado, según sus deseos, en el convento de San Gil, hoy desaparecido.
Después de la lectura de las líneas precedentes y tras el análisis de las ilustraciones incorporadas, les planteo a ustedes, fieles lectores, la siguiente pregunta ¿ creen que Eugenia es la misma persona en los dos lienzos?. El autor Carreño de Miranda si que es el mismo.








LAS MONSTRUAS


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